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A cien días.
Para no llorar sobre la leche derramada.
A mi papá.
Martes 17 de Junio 2008.
El Gobierno no ha logrado aún persuadir a buena parte de la sociedad acerca de la legitimidad de su política de transformación de la sociedad argentina.
Creo que ese objetivo fue logrado parcialmente hasta hace un año. Había disenso, es cierto, pero el éxito de la estrategia K dominaba. También había descontento, y no sólo en las filas de la oposición, sino también del peronismo.
Quiero resaltar este hecho, porque influye al momento de analizar la reacción social de hoy. Hoy, su propuesta redistributiva está siendo objetada en la calle, y también defendida, en duelos de plazas. El gobierno de NK dispuso de 4 años para desarrollar su política. Y la terminó bien. Bastante bien. Casi perfectamente. Salvo en un punto. No supo retirarse a tiempo. Organizó su sucesión, lo cual no es un pecado, de una manera hábil, previsora, y conyugal. Su esposa habría de sucederlo. La vocación monárquica late suavemente sobre toda la historia argentina.
Pocos meses después que CFK asumiera la presidencia, alguno de sus asesores le propuso avanzar con las retenciones a las exportaciones de granos, que ya habían aumentado antes que NK dejara la presidencia.
Es medida se convirtió en la piedra de la discordia. Fue, de algún modo, la gota que rebalsó el vaso. Ahora, a cien días de adoptada, esta decisión política –arriesgada, legítima aunque discutible en sus procedimientos, apresurada- está fracasando.
En un clima de confrontación y duelo agonal, el gobierno azuzó el fantasma del golpismo (1976, 1955, 1945), reforzando la imagen del “ellos contra nosotros”.
Estamos en un contexto de conflicto social en su fase aguda. ¿Cómo surgió? Su causa material es “el sector rural”. ¿Hay otras causas antecedentes? Sin ninguna duda. ¿Hay causas que expliquen su larga duración? Naturalmente. Ninguno de los dos ha tenido suficiente fuerza para vencer al otro.
Otra razón es que ambas partes están demasiado seguras de su posición y no quieren modificarla. ¿Falta diálogo? ¿Falta capacidad de conducir una negociación compleja, pero enteramente común en una sociedad “civilizada”? ¿Faltan mediadores? ¿Faltan imágenes genuinas de uno y otro, en reemplazo de las estereotipadas que cada uno tiene del otro? Sí a todo.
En medio de rutas cortadas, inflación creciente y malhumor extendido, el ex presidente NK, que acaba de desocultarse ante los micrófonos de la cadena nacional, dice que su gobierno es de paz y amor. Según él, ha nacido una nueva derecha, que califica de golpista.
Se anuncia un acto para mañana, y la palabra de la presidenta para dentro de un rato. Los acontecimientos se apresuran. ¿Cómo podemos vivirlos, dotados de la serenidad que sólo un mantra adecuado puede proporcionarnos? Myojo rengue kio. Ayúdame, Victoria. Que podamos ver al otro, y vernos a nosotros mismos.
Todos tenemos intereses. ¿Porqué no hablar de ellos, en vez de recurrir a eufemismos aptos para la prensa, o para nuestros seguidores incondicionales? ¿Cómo sería posible una política –cualquier política- sin diálogo franco? Pero hace mucho que ese lenguaje no se escucha.
En vez de eso, una lógica tribal y futbolera se ha apoderado de la opinión pública. Sugiero resistir ese mensaje divisorio. Se trata del biombo que cada uno utiliza para cercar al otro.
Si discutimos renta, lo haremos. Pero veamos nuestros rostros, antes de hablar de porcentajes. Es seguro que cada uno tendrá la palabra apropiada, la palabra verdadera, que es la que debe decirse en un momento difícil. Y este lo es.
Hay tres cosas, por lo menos, para reconocerle a NK: su destreza, su aporte a la política de la memoria, y que nos sacó del incendio. Estas últimas son sus palabras. Presumo que no querrá devolvernos al lugar del que nos sacó.
Pero ahora está retirado. Pasó su cuarto de hora, en términos constitucionales. ¿Para qué me habla él, ahora, sino para decirme que es el responsable de esta medida, y luego agrega que si no la comparto soy golpista?
¿De qué estamos hablando? En la tradición argentina, cualquier política de gobierno puede ser resistida. Más aún, la mejor política argentina ha nacido de esa resistencia, el peronismo inclusive.
Ser golpista es una cosa, y ser disidente es otra. ¿Acaso no puede opinar distinto un orejano? Menguada debe estar la autoestima del gobierno si sospecha de un pequeño propietario rural, dedicado a la cosecha de la algarroba y el mistol, y al estudio del tiempo.
No tengo nada personal con la soya o soja; sólo la gusto en salsa, pues condimenta todos los manjares y les da mejor sabor. No soy yo quien debe hablar de transgénicos ni glifosatos, pero sí debo decir algo de las consecuencias negativas que el auge sojero trajo a la estructura agraria de Santrago del Estío.
Una oleada de nuevos productores, atraídos por el encanto de la ganancia antes que por el de la leyenda, se ha instalado y hoy son –o serán, si residieran aquí-, comprovincianos. Claro que no todos residen aquí. Muchos son propietarios ausentistas, una vieja figura socio-jurídica de nuestro mundo agrario. Tras muchos de ellos hay pools sojeros. Otros, invirtieron aquí la renta de su negocio pampeano o tucumano.
Esta es una vieja historia. Santrago del Estío la ha vivido varias veces. ¿Cuáles son sus consecuencias? Que esta inmigración es renovadora y modernizante, no cabe duda, aunque debo destacar algunos riesgos: esta “modernización” está dañando el modo de producción campesino y destruyendo la riqueza ambiental de esta provincia.
En Mato Grosso, Brasil, se discute el monto del impuesto por daño ambiental que debería imponerse a la producción sojera. ¿Quién evaluará su daño cultural, dicho esto en sentido estricto de cultivo esquilmante, si no depredador de tejido social?
Los productores renovadores de esta etapa han arrasado miles de hectáreas de bosque que será difícil recuperar, bajo la mirada complaciente del estado nacional y provincial durante los últimos veinte años, con excepción de la intervención federal de 2004. Más importante que eso, han desalojado familias enteras de productores campesinos, a menudo con la mediación de abogados, jueces, y policías de un cuerpo especial de la fuerza armada de este reino, cuya antipática sigla no quiero dejar de anotar: GETOAR. Sin querer logré rimar.
Tuve ocasión de compartir algunos de estos infames atropellos. Con esto quiero decir que el fantasma no es la soja sino la política que amparó estos desmanes, y protegió a al capital antes que al hombre, la mujer y el hijo de la tierra.
Ellos vivirán, no obstante, más allá del canto de sirena de la soja. El algarrobo, el quebracho y el mistol, el jume, el itín y el garabato, la afata, el cachi yuyo y la gramilla, aún son los actores de esta tierra, y el monte habrá de recuperar su terreno a despecho de los vaivenes de las oleadas de capitalismo rampante que esquilman pero dejan, por lo menos, el recuerdo de su aventura osada pero insensata, al menos a los ojos de Pampazen.
Pero no es correcto generalizar. Hay que decir también que son muchísimos los productores santiagueños que han sembrado soja, desde socios del MOCASE hasta don Gregorio López, en la zona de riego, que antiguamente amparó la horticultura y otros cultivos intensivos.
Es que la soja representa una oportunidad económica, y la teoría económica clásica dice que los actores económicos se inclinan a la ganancia. Si no razono bien decimelo, Ramón Díaz.
¿Por qué digo esto, sino para afirmar que el “modelo sojero” no me resulta simpático, ya que compensa con capital su falta de imaginación, pero que no obstante es un modelo productivo, como el algodón, el ingenio azucarero, el obraje maderero, el arrozal, la finca agropecuaria, la estancia ganadera, el tambo, el bosque, el río, o el estero?
Ahora, el gobierno ha decidido re-enfocar este tema, y este es también el marco en el que hay que colocar el problema que nos ocupa. El de la economía política. Quitar privilegios puede ser una necesidad de una política. Crear oportunidades alternativas también. Porque toda quita de derechos, aun cuando ellos sean vistos como “privilegios” por provenir de una ganancia extraordinaria, supone un riesgo político. ¿Cómo no medir la ganancia posible, y su costo?
En este caso, lo estamos pagando colectivamente.
No veo otra solución que la planificación. Muchos han dicho que hace falta una política clara para el sector agropecuario, como también para el sector de hidrocarburos y recursos minerales. Esa política, que yo espero, debe ser pensada en términos sociales y culturales, y no sólo económicos. Pero esa política no ha sido formulada aún, y por eso estamos donde estamos.
Luego, es claro que esta política, como cualquier otra, en democracia, debe ser anunciada. A lo mejor se dijo y no me enteré. Pero diría que la sociedad –la economía es parte de ella- difícilmente acepta hoy políticas performativas, principistas, e improvisadas, sobre todo en una coyuntura de transición. Estos no son los primeros seis meses de NK, sino los seis primeros de CFK.
¿Cómo no considerar las reservas y rechazos que ha generado la gestión K? El escenario no se compone sólo de aliados, y el arte de gobernar consiste en conciliar los opuestos, aunque su técnica consista en diferenciarlos.
Hay varios caminos posibles, y no sólo dos posiciones. No sólo no soy golpista, sino que deseo acompañar a la presidenta hasta el final de su mandato. Pero el camino se ha embarrado y hay que buscar nuevos atajos. La política de enfrentamiento visceral es un residuo de la Argentina que yo deseo dejar atrás.
Institucionalidad y democracia sí, y también federalismo, alternancia y tripartidismo. En este caso, aun sin gustarme la apelación a la argentinidad, los escarapelazos y los ríos de leche, considero que la reacción “del campo” es comprensible, en el contexto de la medida que la suscitó y del modo en que fue planteada.
No me siento inclinado a apoyar al gobierno en este punto, ya que al hacerlo apoyaría su política redistributiva (que me agrada) pero también su parcialidad (¿por qué no se tratan de igual modo las exportaciones de oro, plata y petróleo?), la altanería provocativa de funcionarios y parafuncionarios, y la actitud de división y enfrentamiento entre sectores sociales y productivos que ha sembrado desde el primer día del conflicto.
Estos aspectos “desagradables” han jugado en contra de los objetivos expresos del Gobierno, y son muchos los que hoy discuten su legitimidad, su inoportunidad y su estrategia, aunque no seamos productores de soja. La circunstancia exigen adoptar posiciones, pero no obligan a tomar partido en una forzada elección binaria: ni el “partido del campo” ni “el partido del gobierno”.
Ya estoy afiliado al movimiento de la comprensión. A la política del reconocimiento del otro. No al monocultivo, por cierto, pero tampoco al monodiscurso. A la previsión antes que a la prisa. Tampoco a la actitud algo soberbia del que cree saberlo todo. Y esto vale para los dos bandos. El Gobierno está viendo erosionada su credibilidad, y no parece prudente apostarla a los penales. Hace falta, quizá, un lugar más alto o un lugar más independiente para ver el partido. ¿No estará haciendo falta un asesor de imagen, un comunicador, un analista del discurso, un negociador, un árbitro?
Porque todavía falta el segundo tiempo. A Mondino, el Defensor del Pueblo, lo corrieron.
Por suerte, habló la Presidenta , y se acordó del Congreso. Luego, un De Ángeli algo más conciliador. Quizá brote la llama del mantra salvador.
Alberto Rodolfo Tasso
L.E. 4.969.672
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