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Alberto
Tasso
Los
dibujos de la crónica menuda son más apropiados que el perfil abstracto del
proceso inmigratorio para iniciar un relato sobre los árabes sirios y libaneses
que convergieron sobre la mediterránea Santiago del Estero entre 1900 y 1930.
Cierto es que había ya pobladores de ese origen desde 1883: Juan Farías, agricultor
y molinero en la vieja Villa Loreto, esa que se llevó el desborde del río
Dulce en 19081; Santiago Jorge
Nassif en Icaño, el mismo que apenas venido tuvo participación en la Revolución
del ´90 y que un tiempo después volvió al Líbano a buscar a su esposa y a
su hijo2; Pedro Zain en la capital, que junto con su hermano Domingo regenteaba
el almacén y tienda “La Amistad” en Tucumán casi esquina Pellegrini, frente
al mercado Armonía, cuyo aviso a dos columnas aparece desde el primer número
de El Liberal3. A estos tres
pioneros cabría agregar otros cuyo recuerdo ha corrido la misma suerte que
“las arenas que la vida se llevó”, según establece un tango célebre, antes
que arrastrado por las aguas del río Dulce. Esos nombres podrían cifrar otras
tantas historias particulares, no tan diferentes, no tan semejantes, a las
de quienes acabamos de nombrar.
Un interesado
en la dinámica de las migraciones, sea un investigador o un curioso –calidades
que no tienen por qué ser consideradas enteramente diferentes- debe entenderse
tarde o temprano con historias particulares, con pruebas y sufrimientos personalizados,
con nombres de buques que permanecen en la memoria hasta el día de la muerte.
Hablar de un “proceso migratorio” en general, es siempre una manera educada
de escamotear al interlocutor el componente verdadero de tal migración, que
son los sucesos personales.
Pues bien,
tales historias comienzan a multiplicarse en Santiago después de 1900, según
las referencias de la historia accesible. Sabemos que en 1908 aumenta la inmigración
de sirios y libaneses al papis, al debilitarse el poder de la Puerta Imperial
y al tornarse legal el camino hacia América; que entre 1914 y 1918 la guerra
disminuirá este flujo4; y que nuevamente se acentuará entre
1919 y 1930, lapso en el cual se radicó en Santiago la mayor parte de la comunidad
árabe.
Para entonces,
esta comunidad era lo suficientemente grande como para atraer a otros connacionales,
familiares o no de los ya establecidos5.
Santiago
del Estero fue uno entre los varios puntos de concentración que ofreció el
territorio; en 1914 el III Censo Nacional consignaba la presencia de 1,748
otomanos, que representaban algo más del 3% respecto de los 52.563 que para
entonces se distribuían en once provincias y la Capital federal. Solamente
esta última, más las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, reunían el 80%
de esa cifra; el restante 20% estaba radicado en Cuyo, el noroeste y el nordeste.
Lo otomanos que vivían en Santiago ese año constituían el 0,7% de la población
total; presumimos que, a pesar del aumento de la inmigración de ese origen
en la siguiente década, hacia 1930 no llegaban a superar el 3% de la población
provincial6.
Mi propósito
en este artículo es describir cómo y dónde se instaló –física y económicamente-
esa fracción de la población que a la fecha era el 18,6% del total de extranjeros;
cómo se vieron a si mismos y cómo fueron vistos por los demás; y cómo fueron
vistos por los demás; y cómo fueron poco a poco ganando espacio en la sociedad
local.
Instalación
Puede llamarse
período inicial o de instalación de los sirios y libaneses en Santiago, al
caracterizado por la llegada de los pioneros, el inicio de la actividad económica
bajo la forma predominante –pero en modo alguno exclusiva- de la venta ambulante,
y la expansión por el interior de la provincia.
Dice Luis
Assís: “Con toda seguridad, los primeros inmigrantes de origen árabe que hollaron
el suelo santiagueño, fueron libaneses; es probable que lo hayan hecho alrededor
del año 1884; se establecieron al principio en la ciudad capital y el viejo
Loreto (...); desde allí fueron estableciéndose en las localidades y estaciones
de la zona de influencia de los Ferrocarriles Central Córdoba y Central Argentino,
hoy Manuel Belgrano y Bartolomé Mitre. En cambio, los árabes de origen sirio
arribaron una década más tarde, o sea alrededor de 1895, estableciéndose en
las localidades y estaciones de la zona de influencia del Ferrocarril Norte
(hoy Manuel Belgrano); pero tanto ellos como los libaneses, después de haber
recorrido de a pie, a lomo de mula o entrenes de carga (cuando hubo líneas
férreas) hasta el último y más alejado rincón de nuestro territorio provincial,
se establecieron en el paraje que más les convenía”.7
Hacía 1914,
no había un solo departamento en la provincia donde no viviese al menos un
sirio o un libanés; sin embargo, en Mitre no había españoles ni italianos
en Atamisqui, aunque esos inmigrantes eran, en ambos casos, más numerosos
que los árabes. Estos prefirieron la residencia urbana: el 73,6% vivía entonces
en localidades de 1.000 y más habitantes, tasa que es considerablemente más
alta que la exhibida por otros grupos nacionales, y que la del conjunto de
la población: sólo el 26,2% habitaba áreas urbanas.
Sus actividades,
sin embargo, los llevaban permanentemente al campo y a los suburbios. La venta
ambulante incluyó ramos diversos, desde ganado hasta telas, aunque prefirió
estas últimas. Ejercida casi con exclusividad por sirios y libaneses, entre
quienes predominaba la profesión de comerciantes respecto de otros inmigrantes,
según los datos de Juan A. Alsina8,
contribuyó a difundir pautas de consumo hasta entonces restringidas a los
sectores medios y urbanos. La importación de una amplia gama de productos
manufacturados se había hecho habitual en la Argentina desde fines de siglo,
pero tales productos sólo se vendían en las grandes ciudades y su distribución
se veía limitada por una red comercial aún pequeña y poco especializada. Los
avisos publicitarios en la prensa de Santiago a comienzos de siglo muestran
el carácter de la experiencia comercial que entonces se ensayaba: informar
y mostrar para vender. No cabe duda de que algunos rubros –principalmente
el textil- fueron activamente movilizados por la venta casa por casa que los
árabes efectuaban.
Uno de
nuestros entrevistados, que fue vendedor ambulante en 1937 y 1938, ilustra
con algunas precisiones el origen de la mercadería que llevaba: “Llevábamos
telas rústicas, como el lienzo, telas para sábanas, el cotín para colchones
o telas para mantel. El bramante era una tela durable que se usaba pasa ropa
interior o para forro de almohada. Y también telas para ropas, como popelín,
brin, nansú, percal o merino –que era para el luto- o seda de noche. De cada
una llevábamos una pieza, o sea veinte yardas, que eran dieciocho metros con
treinta. Prácticamente todo lo que llevábamos era importado. Los poplines,
casimires o el bramante eran ingleses. Del bramante me acuerdo algunas marcas:
“Cuatro coronas”, “Tres cañones” y “El angelito”. Los lienzos eran japoneses.
Las telas de hilo eran de Irlanda. Las telas para pantalón de hombre, que
podían ser gabardina, gambrón, casinete o brines, eran de Bélgica, de Italia
o de Inglaterra”.
A causa
de su propensión a la venta ambulante, el inmigrante árabe fue calificado
en alguna de las memorias anuales de la Dirección Nacional de Migraciones,
como poco provechoso de acuerdo con las necesidades del país: “La inmigración
siria, exótica y poco útil a nuestro medio, pues la mayoría se compone de
vendedores ambulantes, ha aumentado el año transcurrido en 1671 individuos”.9
En realidad,
la actividad comercial de sirios y libaneses no era congruente con la ideología
del proyecto inmigratorio argentino, pero si con las actividades hacia las
que se orientaron inmigrantes de todo origen. Como señalaba agudamente Georg
Simmel, en la historia el extranjero aparece siempre como comerciante, dado
que “el comercio puede siempre emplear más personas que la producción primaria,
y es por ello el campo de acción indicado para el extranjero, que penetra
como supernumerario en un círculo en el que propiamente están ya ocupados
todos los puestos económicos”10.
La venta
ambulante cubrió una etapa importante, pero desapareció rápidamente, reemplazada
por la instalación de tiendas, almacenes de ramos generales o pequeñas industrias.
En 1928 la Guía Assalam afirmaba que “el vendedor ambulante, el precursor
de la grandeza de la colonia, ya casi no existe”. Entre 1917 y 1927-28, los
comerciantes instalados en ciudades y pueblos crecen de 231 a 507; esa cifra
expresa la parte más visible del comercio árabe registrada por una guía comercial,
siendo el número real seguramente mayor. El incremento del 119% refleja no
tanto inmigración nueva cuanto pasaje del estadio de ambulante al de comerciante
instalado; la venta ambulante cumplió un papel importante en el período de
adaptación o socialización de los inmigrantes, al permitirles familiarizarse
con el dominio de a lengua, del territorio y de las costumbres de la clientela
local, todos ellos elementos que habrían de ser ampliamente utilizados en
la etapa siguiente.
La instalación
se efectuó en gran parte gracias a la solidaridad entre connacionales: los
más antiguos ayudaban a los más recientes facilitándoles mercaderías en préstamo.
La indudable habilidad comercial de trabajo –hoy definible como auto-explotación-
así como una visible austeridad, permitieron resultados rápidos en la etapa
de acumulación. Entre 1920 y 1940 la actividad comercial en áreas rurales
derivó hacia la comercialización de “frutos del país” como entonces se los
llamaba –alfalfa, lana, cueros o madera- o bien hacia la agricultura .muchas
historias familiares de éxito económico corroboran esta evolución como típica.
Hacia 1942,
un registro de operaciones inmobiliarias realizadas en Santiago del Estero
muestra que árabes o hijos de árabes tomaron parte en el 17% de las transacciones,
que representaban el 11,6% de los valores involucrados. Sobre 174 operaciones
actuaron como vendedores en sólo 24 (en las restantes eran compradores y vendedores),
lo que permite advertir que en ese período la acumulación realizada en otras
actividades económicas se estaba transfiriendo hacia la inversión inmobiliaria.11
En las
décadas siguientes, el análisis de las actividades de sirios y libaneses
–o más exactamente, de sus descendientes- muestra una notable diversificación,
así como el ingreso al comercio mayorista, la industria, la producción agropecuaria,
la extracción y comercialización de productos forestales y las finanzas.
Reelaboración
de identidad
Es a lo
largo de este proceso de instalación donde puede advertirse la evolución y
cambio de los términos que definen la identidad grupal de los inmigrantes.
Importan, a este respecto, las definiciones étnicas que se usaron. Los censos
nacionales de 1895 y 1914 calificaron a los inmigrantes como “turcos” y “otomanos”
respectivamente. Ambas denominaciones involucraban principalmente a sirios
y libaneses, y en menor medida a turcos y otras nacionalidades por entonces
bajo el dominio del imperio otomano. La denominación genérica de “turcos”
se popularizó en el habla cotidiana. Esta denominación, como fácilmente puede
comprenderse, no era grata para los sirios y libaneses, que vinieron huyendo
del dominio de los turcos –que no pertenecían a la familia árabe-; no se trataba
sólo de la evidente imprecisión étnica y geográfica, sin especialmente del
matiz despectivo –similar al de “gringo”, “tano” o “gallego”- que los nativos
pusieron en la misma, como una típica reacción ante el extraño, por definición
“diferente” o aún “exótico”. A este respecto, Hebe Clementi ha señalado distintos
aspectos de la reacción “nacionalista” que acompañó al proceso de la gran
inmigración12.
La reivindicación
de los gentilicios “sirio”, “libanés” o del genérico “siriolibanés” bien puede
verse como una extremada simplificación y aún como una convenida ignorancia
–a menudo también genuina- de los códigos culturales de ambos pueblos. Por
lo tanto debe distinguirse el contexto en el que estas expresiones son usadas.
Al interior de la colectividad, se distingue habitualmente a sirios de libaneses,
del mismo modo que en América se distingue lo argentino de lo peruano, o que
en la Argentina se diferencia a lo porteño de lo santiagueño. Siriolibanés
es la expresión que la comunidad árabe eligió para presentarse a la sociedad
local. La prédica de Alejandro Schamún a través del diario Assalam para proporcionar
imágenes verídicas de la todavía desconocida Siria, prosiguió en numerosas
publicaciones que surgieron en Buenos Aires y en provincias en la década del
´30.
En Santiago,
como en otras provincias, la colectividad revitalizó los lazos de solidaridad
y hermandad. La Unión Muhardahiat o el Centro Hamauense –aludiendo respectivamente
a nativos de Muhardi y Hama- preanunció en la década del ´20 la formación
de la Sociedad Siriolibanesa. Cierto es que desde 1914 existía en Santiago
la iglesia Católica Apostólica Ortodoxa de Antioquía, la segunda del continente,
luego de la establecida en Chicago en 190413.
Las actas de constitución de estos nucleamientos, así como sus memorias anuales,
permiten comprender que una parte importante de su actuación estaba dirigida
hacia la sociedad actual, hacia la cual emitían una imagen “apropiada” o deseable,
desde el punto de vista de la propia colectividad.
Los sirios
y libaneses sintieron duramente la descalificación de la sociedad local, según
surge de los testimonios recogidos y aún de críticas hechas públicas en el
semanario bilingüe La Aurora. Es posible que las huellas del prejuicio, aún
no totalmente borradas, hayan fortalecido los proyectos personales de acumulación
y logro que muchos miembros de la segunda y tercera generación muestran.
En las
primeras décadas del siglo, algunos escritores locales tomaron el tema de
los árabes. Uno de ellos, Napoleón Taboada14, se expresa negativamente acerca
de la fusión cultural fácilmente previsible: “Una caudalosa confluencia de
turco obstinado y de criolla desbordante... En aquella modesta familia se
consumaba un empalme voluminoso, que no encauzaba una tercer resultante de
fuerza, múltiple de capacidades, sino infartaba los cursos en una especie
de voluminación incontinente, cuantiosa, tiroidea, un poco degenerativa pero
profundamente definitriz”. El resultado de semejante mezcla no puede ser bueno:
“Resultaba un entronque raro, como abortado de desalamiento, porque aunque
se actuaba la convergencia atenazada de esas dos naturalezas actuantes, y
la ensambladura trasfundida de los dos deseos animados y primarios, se veía
que allí mismo cedían los empeños”.
Bernardo
Canal Feijóo15, en 1934, critica al árabe su extrema adaptabilidad, inclusive
a los peores rasgos de la población local; su escasa afición a la agricultura;
y aún su adopción de nombres y locales, que alcanza al 16.4% de los apellidos
que integran las muestras utilizadas en este estudio, ejemplifican un caso
–inusual entre otros grupos de inmigrantes- de mimetizarse a la sociedad local,
y permiten presumir un deseo profundo de producir un corte radical con la
vida pasada, deseo ese que si aparece en otros grupos.
Es recién
después de los años ´50 cuando comienzan a generalizarse las biografías de
inmigrantes asimilados –aunque ya en la década del ´20 se encuentran muestras,
aunque éstas son parte de la ideología de exaltación del inmigrante- convertidos
en profesionales destacados, en políticos carismáticos, en empresarios exitosos.
La elaboración y difusión de estas imágenes hacia la sociedad local puede
ser considerada una etapa final del ciclo de asimilación, en la que cada vez
se van atenuando más los rasgos de la etnia original, pero en las cuales la
colectividad “devuelve” una imagen de sí misma, concebida en términos tales
que no pueda ser sino aceptada.
Apropiación
social
El hecho
de que el “barrio turco” en que el abogado y periodista Napoleón Taboada ambienta
su relato, estuviese ubicado en un suburbio, ejemplifica una actitud mental
de las clases altas santiagueñas antes que una constatación empírica. Pues
el tal “barrio turco” estaba ya naciendo por entonces en el centro de la ciudad,
sobre las calles Absalón Rojas y Salta, en la vecindad del Mercado Armonía.
Cierto es también que la marginalidad urbanística establecida en la ficción
representa los indudables deseos ocultos de la población local, que la experiencia
de sirios y libaneses se encargó de desmentir.
Por de
pronto, participaron tempranamente en política. Recordemos el caso de Santiago
Juan Nassif, que apenas venido se alineó en el bando de los revolucionarios
de 1890, como adelanto de una actitud que se repetiría. Funcionarios en comunas
locales, líderes en los nucleamientos de comerciantes y empresarios y hasta
concejales. Es en los miembros de la primera generación en los que llama la
atención esta participación temprana. Uno de los casos más notorios es el
de Rosendo Allub, que realizó una carrera política local extensa, que finalmente
lo llevó como diputado al parlamento nacional en la década del ´40. Pero simultáneamente
había canalizado su indudable ascendencia sobre los “paisanos” vinculándolos
a la participación política durante el gobierno de Juan B. Castro. Allub advirtió
que las fortunas acumuladas por decenas de pequeños comerciantes, importantes
desde el punto de vista de las comunidades locales en que se operaban, podían
traducirse con beneficio en términos de influencia política. Sin embargo,
esta conversión no hubiera podido producirse sin la particular relación que
tales influyentes locales establecieron con su clientela. Bajo la forma que
ha sido denominada “patronazgo”, sirios y libaneses habían establecido una
compleja red de intercambios y alianzas, las cuales no eran ajenas al dominio
de las reglas de la cultura rural local. Un ejemplo de la adaptación a esta
última es el dominio de la lengua nativa local, el quichua, en la que los
árabes descollaron tempranamente.
Ya en las
décadas del ´40 y ´50 numerosos dirigentes políticos locales y profesionales
provenientes de la segunda generación estaban presentes en las lides políticas,
en los tribunales y en el gobierno. El ascenso de Eduardo Miguel a la primera
magistratura provincial en los años ´60 equivale entones a la culminación
de un proceso complejo y a menudo conflictivo, de conquista de posiciones
relevantes. Un análisis efectuado en el marco de este estudio permitió constatar
que en la actualidad y dentro de distintas esferas de la actividad pública,
los descendientes de árabe participan en proporciones significativas, que
oscilan entre el 10 y el 35% de quienes ocupan posiciones relevantes.
Significativa
en relación con el peso demográfico de la colectividad de sirios y libaneses
en Santiago del Estero, esta participación amplia y diversificada constituye
un caso particular de asimilación y logro, que aún ofrece vertientes no exploradas
para el estudio y la comprensión, no sólo de la sociedad santiagueña sino
también de la argentina.
* Publicado en El Liberal en 1989. Los datos provienen de Alberto Tasso:
Aventura, trabajo y poder. Sirios y libaneses en Santiago del Estero
1880-1980, Ediciones Indice, Buenos Aires, 1989.
1 Citado por Orestes Di Lullo en La agonía de los pueblos, Santiago
del Estero, 1954, pág. 42 y 45.
Estimación del autor a partir de cifras de comerciantes instalados
en 1917 y 1927-28. Datos de La Siria nueva, op, cit. y de Guía
Assalam de comercio sirio-libanés en la República Argentina, edición
de Assalam, Buenos Aires 1928.
2 George Saadi: “Itinerario de una raza por los caminos de América”,
inédito, 1959. Consultado en la biblioteca de Alfonso Nassif.
3 Diario El Lberal, Santiago del Estero, 3 de noviembre de 1898.
4 La Siria nueva,
obra histórica, estadística y comercial de la colectividad sirio-alemana
de la República Argentina y Uruguay. Edición de Assalam, Buenos Aires, 1917.
5 Abdel Uachid Agmir analiza las diferencias de las migraciones de los
países orientales, en diferentes períodos en su artículo “Acerca de las
motivaciones de la emigración árabe en América Latina y frases de su evolución”,
revista Temas Arabes, Buenos Aires, diciembre de 1986, pág. 63.
6 Estimación del autor a partir de cifras de comerciantes instalados
en 1917 y 1927-28. Datos de La Siria nueva, op, cit. y de Guía
Assalam de comercio sirio-libanés en la República Argentina, edición
de Assalam, Buenos Aires 1928.
7 Luis Assís: “Los árabes de origen sirio o libanés en Santiago del Estero”, El Liberal, Santiago del Estero, 3 de noviembre de 1968, pág. 27.
8 Juan A. Alsina: La inmigración en el primer siglo de la independencia,
Edición de Felipe Alsina, Bueno Aires, 1910,cap. V.
9 Memoria presentada al Honorable Congreso por el Ministro de Agricultura,
Dr. Wenceslao Escalante, Buenos Aires, septiembre de 1903, págs. 55 y 56.
Archivo de la Dirección Nacional de Migraciones.
10 Georg Simmel:
Sociología, Madrid, 1936, pág. 112.
11 Un análisis de
las transacciones inmobiliarias efectuadas en Santiago del Estero en 1942
así lo demuestra, corroborando diversos datos en este sentido durgidos de
las historias de vida de los inmigrantes. Cf. Tasso, 1989:166 y ss.
12 Hebe Clementi: El miedo a la inmigración, Buenos Aires, 1984.
13 Moisés Hillar: Historia de la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa de Antioquía en la República Argentina, Buenos Aires, Assalam, s/fecha.
14 Napoleón Taboada: “El barrio turco”, El Liberal, 25º aniversario, 3-11-1923.
15 Bernardo Canal Feijóo: Nivel de historia, Santiago del Estero, Ñan, 1934.
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