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indice :
textos de Alberto Rodolfo Tasso
Mientras
escribo en el jardín es fácil huir de las frases demasiado fabricadas. Cada
incidente tiene
Conversación
con dos amigos. Historias, genealogías, chismes. Hablamos de Diego, de algunas
plantas, del poder. Discutimos sobre ese falso dilema de si se escribe para
sí o para los otros. De pronto, me quedo pensando en otra cosa. Los maestros
más duros del amor son el tiempo y la muerte.
Uno
de mis gatos, Jeremías, ha trepado al techo del asador. De incógnito, como
siempre, entrando desde afuera de la casa. Después de dar unos pasos sobre
la tapia se detiene. Es el anochecer. Yo creo que me ha visto. Luego regresa,
se pone de pie ante la chimenea y mete la cabeza en el cañón. Igual que Humboldt,
que asomó la nariz al hueco de un volcán.
-Abuelo ¿quién fue el que te dijo “Ya que no podemos cambiar la provincia,
cambiemos de residencia”? ¿Sería santiagueño?
-¡No, que va ser! –rió el abuelo-. Era un irlandés que se llamaba Joyce, y
que yo sepa nunca oyó hablar de jumes ni mistoles. Además lo que dicen que
dijo fue “Ya que no podemos cambiar el país, cambiemos de conversación”. ¿Por
qué lo preguntas?
-Por nada, por nada –dijo Luis, y volvió a sus papeles.
Al rato se levantó, y mientras caminaba
iba diciendo en voz baja: “Así que no era santiagueño...”
El viejo se quedó mirándolo con los ojos
finitos, desde la sombra de la morera, y una media sonrisa casi le desordenó
las arrugas. Pareció que decía: “Astuto muchacho. Cuando yo entendí esto,
ya era viejo”.
Me preguntas por qué se acaba la magia. Y te contesto:
-Pues
no se acaba.
La prueba es que percibimos su ausencia en el trámite material de las cosas. Nuestro “ser”, nuestra mirada, que ha construido el arquetipo de lo mágico porque lo vivió una vez, ya no lo olvidará, y lo extrañará siempre.
La magia, que parece residir en la circunstancias, está en uno y otro, y desde allí tiñe todo con su aura.
Sí
La magia debe acabarse. Porque ese es el requisito para volver a percibirla. La felicidad, el éxtasis, que no avanzan sino a saltos y nunca por la gradiente del plano inclinado, necesitan de esos quiebres, de estas carencias. Sólo el que duda tiene la suerte de, un día, creer.
¿Por
qué queremos que el encantamiento perdure, si lo sabemos inconmensurable y
fugaz? No sería tan grande si durase tanto. Lo mismo podríamos preguntarlos
por el tremolo de la cantante, por el solo de violín que roza la cumbre sólo
un momento para avisarnos que podemos llegar, y luego desciende. No podría
sostenerse la composición sólo con tales momentos, del mismo modo que el gozo
de la saciedad requiere del hambre, y el orgasmo de la espera solitaria. Para
que nos llamen con fuerza y un toque de su magia deben ser lo que son, pasajeros.
Ahora bien, ¿quién no quiere sentirlos a su antojo? Es cierto, nos mueve la
busca. Pero aún si no lo encontráramos, la búsqueda del Amor sería maravillosa.
(casi
novela)
Desapasionadamente, como un topo que escarba y saca tierra de la tierra, hundo el cuchillo de los pensamientos en el mar que late. Sentencioso y mareado: un viejo borracho. Una historia entre las historias tiene que poder aparecer por la puerta. Pero no espero a nadie. Huelgo, y torno a describirme a mí, y a ella.
Ella viene desde una presa magnífica, desde un tesoro hundido. Yo, en cambio, soy sólo un fabricante de monedas (bien se ve el trecho que va de las monedas al tesoro). Me atemoriza el vértigo del amor, allí donde sólo hay mar y no hay madero. A mí se me ha dado un silencio, a ella un solo sonido. Cómo quisiera ser un bandido convertido en santo, un pincel abandonado, y una nutria silvestre.
Soy (ella es) un menester, pero no, lengua dormida en el mundo aquiescente, brotado de palabras en los labios de un loco. (¿Por qué de este misterio no me queda el hilo de un recuerdo?). Voy (peón) hablo (soy un ajedrecista en el suelo de mosaicos donde hasta ayer fui caminando con el pie calzado en seda de la bailarina que no habla sobre el techo, la espera, el descubrimiento de la vía blanca que en el otro cielo se extiende, opaca como un vellón, situada en ese borde tan oscuro.
Ella torna a preguntar: ¿por qué no habla la tarde en mí, si la he querido tanto, si soy el ala de su vuelo? Yo no digo que no, pero tampoco puedo decir lo justo.
(Es muy difícil esto, pero antes, cuando se anudaba el cordón en la rueca y se coloraba de añil, no sabía que podía convertirse en cielo y estas manos decían de sí mismas que podían reconocer cada hembra por su olor, cada espiga por su latín, cada estilo por su lujo, cada medida por la onza y cada lazo de mínima sabiduría por el sentimiento, la inflexión del hablante, el cuero crudo del trenzador
(el vocablo de diamante)
Ese tiempo, yo, ella, no hablábamos apenas, no éramos sino gabela sencilla pagada al pasar a los dioses que guardan el jardín, y no era tanto el ser como el apenas sentir, yo caminando a la vera del parque, y algo crecido dentro del pantalón, viendo la arenisca fina de su piel en el trozo de pantorrilla que sobraba al argumento.
Después me dije, digo, un día podría podré estar también colgado de una línea en el extremo norte de sus manos.
¿Supieron esas palabras?
(fumaré un cigarro, luego iré)
Al sol, tiéndome ahí, en la proximidad quemándome de su compañía. El otro Dios, el que no arrastra sino que solamente mata, hablaba a mi costado, sigiloso dios de la escritura.
Hemos vuelto a vernos, a verla. Me propongo la desmedida cautela, el bronce de los años. Sirvo el café y pregunto qué cosa son los cuadros que ella ha pintado sobre papeles: acuarela de niñez.
Solía haber en tal sitio un puerto profundo.
Me interrogo intimidado de esta tan pobre forma que adquieren las ideas al decirlas.
Adónde estará el mapa del cielo estrellado.
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