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poemas de Alberto Tasso - bibliotecatasso.com.ar


por Alberto Rodolfo Tasso       QUIEN ES QUIEN


Tilcara

TILCARA estaba al sol
como un pájaro alisándose las plumas
entre las altas puntas clavadas de los cerros.
La iglesia alzaba al cielo sus anchos senos blancos
que dieciséis pintores retrataron de tarde.
Todo era blanco menos la plaza verde
todo era verde menos los techos rojos
todo era pueblo menos las montañas.

Los turistas muerden el aire
para decir después que tuvieron la historia entre las manos.
A partir de la plaza las calles se angostan
y alguien las levanta de la otra punta.

Muy cerca, el Pucara, con el tiempo a la espalda
apenas podía ser un pueblo en la montaña.


Antigal en
Yoscaba

ESTE LUGAR es como la bruma:
indivisible y ciego
y fugaz.
Tienes que verlo rápido
para que las centurias no te gasten.
El que ha visto se olvida que ha mirado
y hoy duerme, las rodillas contra el pecho
en un invierno lleno de mensajes:
¿cuándo el maíz
la lluvia
el homenaje?
¿Y los misterios cuándo?
Recojo un pedacito de cerámica
la manija de un cuenco derramado.
Amenaza llover sobre Yoscaba.
Abajo mira un niño.
Diez de marzo.


Al encantamiento de lo breve

PALOMA QUE HABLAS SIN DECIR, lejana
canción que no es, que siendo casi nada
con elegancia tira su estocada.
Es que hoy has de morir, sino mañana.


Un día bailé

UN DÍA BAILÉ. Me amaban las palomas
y el piso era de tierra.
Tendí los brazos y toqué un pañuelo.
Un paso corto y largo,
y a la vuelta
un círculo fui haciéndole a la hembra.
Era de noche
y me alumbraba el día por sus ojos.
Mi cuerpo no era mío, era piedra rodada
por la magnolia de sus pechos blancos.
Nos miraban los Campos, los Ayunta.
El tiempo es largo.
Y eso fue una zamba.


Con un vestido hindú

CON UN VESTIDO HINDÚ
las grandes piernas
apenas recubiertas
a un costado del piano
su cabeza
hacia el lado derecho
mis manos
estas manos
en sus piernas


Mi cumpleaños

EN ESTE DÍA DE MI CUMPLEAÑOS me he demorado
oyendo hablar, presenciando los entreactos del amanecer,
sus luces turbias que desde las sombras
decíanme la justa.
Es diciembre. Es verano ya. Toso.
Porque he fumado mucho y tengo todo el cuerpo en mi ser.
Me he entretenido sirviendo a personas que no conozco bien
aunque son mis amigos, sus buenos rostros dibujados.
¿Qué quisiera decirles yo ahora?
¿Les habrán gustado mis pequeños gestos, las velas,
el andar a lo lejos entre brasas, carnes, y botellas?
¿Qué quisiera decir? Algo, sin duda,
¿pero qué? No acierto a recordarlo.
Me urgen sus provocaciones amistosas.
No tengo nada que decir, al cabo.


El día de amar

ANTE EL DIFÍCIL DIA DE AMAR, me nombro.
Soy el fruto caído de mi asombro.
Soy la temperatura del callado.
Ante el difícil día de amar me hundo
en las sinuosidades de mi mundo.
El día de hoy amaneció nublado.


A la muerte de un caracol

SE HA MUERTO UN CARACOL en mi jardín.
Sus últimas palabras fueron
no escuchadas por nadie
salvo la hierba y una hormiga
que andaba por ahí.
Le escribí un epitafio:
“Murió como vivió:
ensimismado”.

Instrucción al cartero

a Carlos y Anita.

CARTERO, LLEVA ESTA CARTA muy despacio
debe llegar a su mesa como un pájaro que migra
o como el pan del día.
Cartero, ya no quiero la prisa.
El apuro pervierte
es un viento que se lleva los amaneceres
y trae la luz que quema.
Cartero, pasa lentamente ante su casa
como si no tuvieras nada para ella.
Luego, regresa despacito,
sorpréndela, déjale esta carta
antes que se de cuenta.


Contribución al arte de llorar

A veces lloro por naderías, por cosas pequeñitas, casi nada.
En realidad lloro no sé por qué
por cosas que no existen. Sin motivo.
Pero siendo en mí tan cercano este llanto, y ya que está
lo tomo como un seguro de vida
y como legua larga y como té de tusca lo celebro.
Este llorar no es de otros sino mío.
No es que me duela la camisa adentro
no es que haya luto en las cortes
ni que algún ser nos haya abandonado.
Nada de eso. Es algo muy liviano, es muy profundo.
Es algo literario, algo sentimental, algo
relacionado con los sacos colgados en las perchas
y los sombreros, tan tristes que hacen llorar de sólo verlos.
En el almendro de alguien, un sombrero
hemos visto colgar mientras dormíamos anoche o a la siesta.
Eso lloramos. Nada que ver con el dolor de veras. Ese duele
y da dolor, y humo de mundo.
En cambio, esos huesitos que ha dejado el monte
entre paréntesis y suspensivos puntos...
en cambio,
digo
si no es deliciosamente triste ese misterio de lo que se ha ido
digo
este fulgor de lo que está viniendo
yo no sé a ustedes, pero a mí,
este jodido llanto, eso me da,
esta cuota pagada antes de tiempo


Arte poética

Es a medida que andas por la tierra que se ensucian los pies.
Pero tachas los pies porque son cosa demasiado concreta
y la tierra después porque es muy lírica aunque ésta de veras ensuciaba
y entonces andas, pero no por tierra, y sin extremidades.

Este sí que es andar, y andar profundo, y andar aéreo el que te lleva.
Pero yo quiero algo que no duela. Y esa palabra aéreo me lastima.
Ya la borré y se entiende
que ando en el aire ¿más por qué profundo?

Entonces no es camino el bueno. Y ando
sentándome a lamer las asperezas de la dolida noche y de la hembra
y luego sigo andando porque es día y me llaman
las zozobras, el viento, la represa.

Ahora sí el poema, ya no quites del aire los enredados pies
sucios de tierra mientras vas andando
y tachando los pasos mal habidos
y dándolos, etcétera, de nuevo.


Las cosas que me importan

A las enumeraciones borgianas.

Me interesan el súbito verano
las mujeres que huyen
los libros que se comen las polillas
el algodón, la alfalfa
el té
las estancias que daban al Salado
todo el amor
y todo ese dolor ardido, prieto
que han dejado los tiempos tan escritos
y los que nunca se escribieron, vale.
Ah, candil derramado sobre el piso de tierra
la voz del diablo que te canta abajo
y llama con su negra zamba negra
a enamorarse, claro.
La tentación
el duelo que es a muerte
el baile y el amor, que lo simulan
la penca del quimil, que se defiende
aunque no vayas a pedirle nada
la sensación de disponer de todo
sin llevártelo a cuestas
(eso fue el mundo un día, y yo lo añoro)
woody allen. bach, que fue músico de iglesia.
Y esos poemas que escribió bukowski.


Dilema de tango

Ayer busqué una tohayita
que la mina anterior que tuve
me la supo dar un día.

Era rosa
estaba medio quemada en dos puntas
tenía manchitas violetas que se había teñido.

Pero servía lo mismo:
yo me la ponía al cueyo a la noche al oscuro
cuando anoto los gastos.

De la mujer no le hablo. Era bastante bien.
Nunca puso las flores donde no hay que poner.
Tenía algunas contras, pero quién no.

Ésta de ahora no diré que no sirva:
será que me he puesto difícil
o que nadie aprende sin que le enseñen.

Pero vaya a saber por qué, la tiró.
Y ahora no sé bien lo que tengo que hacer:
o la mato o me olvido.


Hombre en la calle

Tras del hombre dormido en la vereda
la pregunta: ¿no es cierto que ha bebido?
Pero llueve, y el hombre está mojado,
salpicado, llovida su campera.
Queda atrás y yo sigo mi camino
imaginando historias, cómo era,
y por qué duerme ahora en esta acera
y más pienso y más duele, pero sigo.
Qué pasaría si mis pasos vuelvo.
Si me acerco y tocamos nuestras manos.
Si le digo “¿Qué haces aquí, hermano?
Encontremos un techo”. Qué dilema
este dolor que acecha a nuestro lado.
Qué vergüenza me da todo este miedo.

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