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Curso breve de historia de Santiago del Estero
(en 15 minutos)
Si imaginamos una línea uniendo Buenos Aires con Lima, en algún momento ella cruzará Santiago del Estero. Esta línea define el camino que siguieron, de noroeste a sudeste, los españoles que hicieron las primeras entradas en lo que es hoy territorio argentino, fundando ciudades casi al voleo, a mediados del siglo XVI, con el propósito expreso de extender el imperio virreynal sobre las fronteras del incásico, que lo precedió. De estas aventuras iniciales perduraron los nombres de Diego de Rojas (que además de capital aportó sus propios huesos a la empresa) y Juan Núñez del Prado, recordado por su reiterada fundación de una ciudad portátil –según la feliz expresión de Levillier-, que llamó Barco, no sin ironía póstuma, por su navegar mediterráneo. Empero, la ciudad que logró sobrevivir fue rebautizada por Francisco de Aguirre en 1553, que imprevistamente vino desde La Serena, en la costa del Pacífico. Un trasandino, como quien dice. Según parece, fue Aguirre quien lo hizo todo (poner el nombre, traer los ganados y las simientes, y supervisar el crecimiento de la criatura), salvo elegir el lugar y labrar el acta de estilo.

Varios
siglos después, este insólito origen y sus circunstancias sumió a los santiagueños
en una interminable disputa acerca de cuál había sido su verdadero padre.
Más allá de las resonancias freudianas de este incidente, la historiografía
no duda acerca de la identidad de su madre: fue una mujer india, una Malinche
anónima, plural y fecunda, en cuyo vientre los españoles depositaron uno de
los recursos que no escatimaban. Así nació otro de los pueblos mestizos americanos,
el primero en lo que, por ahora, llamamos República Argentina.
Su
territorio es una llanura aluvional que desplazó poco a poco el mar del pleistoceno,
extremo noroeste de la “pampasia”, según la nombró el geógrafo francés Martin
de Moussy, poblada por quebrachos, algarrobos y un centenar de otras especies
espinudas, atravesada por dos ríos que circunscribieron el poblamiento y el
sustento durante centurias: el Dulce y el Salado. Inviernos secos y veranos
pródigos en frutos e inundaciones. Caza, pesca y recolección. Indios generalmente
mansos que pasaron en pocos años del primitivo paraíso tribal al rigor de
la Edad Media: compelidos a arrodillarse ante un nuevo dios, un nuevo estado
y un nuevo tributo, que pagaban con algodón (sembrado y cosechado por toda
la familia), colchas tejidas (por las mujeres), o sus propios cuerpos vendidos
para el trabajo de las minas, forzados a la milicia y el peonazgo (los varones),
o con hijos que servirían para nuevos trabajos (otra vez las mujeres) que
los gobernadores, los terratenientes, y hasta los obispos, no cesaban de imaginar.
En
efecto, hubo muchas ideas. Un ambicioso plan de poblamiento –en realidad diseñado
por el virrey limeño Toledo- fue ejecutado por una serie peripatética de gobernadores,
algunos de delirante crueldad (Abreu), otros de irritante petulancia (Lerma),
los menos de buen sentido productivo y fieles al mandato inquisitorial, que
hacían méritos quemando brujos en la plaza principal de la ciudad (Ramírez
de Velasco). En sucesivas campañas se dedicaron a fundar ciudades en las inmediaciones,
cuyo efecto inmediato, aunque efímero, fue convertir a Santiago en cabeza
de la gobernación del Tucumán, y varios siglos después a granjearle el nombre
retórico de “madre de ciudades”, apto para la iconografía turística y el comercio
liviano de las identidades provincianas.
Quiso
el ciclo biológico que las “hijas” crecieran y se independizaran, lo que asestó
un golpe de huella indeleble en el orgullo santiagueño. También freudianamente,
esta metáfora de la maternidad desafiada y vencida le sirvió al historiador
santiagueño Orestes Di Lullo para explicar el remanso histórico de un par
de siglos –el XVII y XVIII- en los cuales, junto a un maravilloso nada pasar,
Santiago del Estero no fue reclamada por otra tarea que sobrevivir, sólo apremiada
por los desbordes veraniegos del Dulce y uno que otro ataque de los indios
de extramuros (más allá del Salado). Éstos desafiaban con herético atrevimiento
la calma chicha del mundo colonial, ahora también poblado por negros africanos
que el obispo Francisco de Vitoria había comenzado a introducir en los primeros
tiempos desde el Brasil, en previsora y astuta premonición del Mercosur, y
aún del desarrollo industrial. Recordemos que el 2 de septiembre fue consagrado
en tiempos de la Argentina peronista como “día de la industria” porque en
esa fecha, hacia 1580, el obispo registró en el incipiente puerto de Buenos
Aires un cargamento de tejidos (cordobanes, fajas, ponchos, colchas, etc.)
elaborados en Soconcho y Manogasta, dos “ricos repartimientos” cuyo producto
se reservaba la Corona. Y él mismo, por lo que se ve.
Esos
siglos fueron vistos como opacos –desde la mirada de Di Lullo- porque en ellos
se aminora el impulso heroico de la gesta que había caracterizado al período
de las fundaciones, que recién resurgiría en el siglo XIX, cuando la independencia
del país lleva a las ciudades provincianas a una competencia feroz, entre
sí y con Buenos Aires, puesto que la capital ya timoneaba el proceso de organización
unitaria, iniciado por Rosas y proseguido por Mitre y sus sucesores en el
gobierno constitucional posterior a 1853.
[1]
Sin
embargo, es en esos dos siglos de ‘marginalidad’ cuando se desarrolla el verdadero
ethos de la cultura santiagueña, simbiosis (o sincresis) efectiva de lo español
(la ley, la religión católica, el culto al poder, la fuerza y la violencia)
con lo indomestizo (la adaptabilidad al medio natural, las transacciones de
resistencia disimuladas bajo la subordinación, la afición a la bebida,
[2]
y el gusto por la música y la fiesta
[3]
). Sin heroísmo militar, porque no había con quien pelear –salvo entre
pares- se pulieron los sistemas de dominación entre la casta criolla, blanca,
pero ya secretamente coloreada (terratenientes y comerciantes) y el indo-negro-mestizo.
La plusvalía permitió la formación de una primitiva acumulación pre-capitalista,
compuesta principalmente por tierras, casas, vacas, y pesos fuertes o bolivianos.
Tropas de carretas y arreos de vacas y mulas se desplazaban desde las estancias
a la capital provincial, de provincia a provincia, y hasta a Bolivia. Allí
se fortaleció la capacidad migratoria de los santiagueños de los sectores
populares, iniciado en sus itinerarios cazadores y recolectores entre el bosque
y el río, que habría de convertirse en una marca distintiva de la cultura
popular, no menos que la chacarera y el habla quichua.
La
etapa de la organización autónoma del estado provincial, abierta en 1820,
tiene a Juan Felipe Ibarra como protagonista indiscutido. Arbitrario con sus
súbditos y despótico con sus enemigos–en especial cuando lo aquejaban las
migrañas o le dolía el trigémino- fue el primer gobernante local que combinó
sin ocultarlo el interés público con el suyo propio, y en su rol de gobernador,
estanciero y militar hizo crecer su ejército, sus vacunos, sus tierras y su
poder personal. Su principal aporte al derecho constitucional provinciano
se resume en una temprana lección de autocracia: al poco tiempo de ser ungido
como hombre fuerte disolvió, para siempre, la legislatura. En compañía de
su secretario y un sobrino, gobernó sin oposición (pues la que había fue empujada
al exilio, despojada de sus bienes o confinada en la prisión de El Bracho)
durante treinta años.

En
esta escuela de ciencia política práctica abrevaron la mayoría de los gobernantes
santiagueños posteriores, desde los Taboada a Carlos Juárez. Un prominente
intelectual santiagueño, Bernardo Canal Feijóo, resaltó la originalidad de
la presencia de Ibarra, y al decir que “venía del fondo del paisaje” quiso
decir, probablemente, que era un santiagueño auténtico y silvestre, pero también,
según lo leo yo, que venía de lo profundo del bosque, es decir de la frontera
bárbara, aún no redimida por la civilidad de la ley.
Así
como Ibarra fue un aliado explícito de Rosas, los Taboada lo fueron de Mitre,
y esto permite captar la distancia que va de la montonera y la mazorca al
ejército formal, más burocratizado, del aula en la sacristía a la escuela
civil, de El Matadero (Echeverría) a las Bases... (Alberdi),
del cepo a la navegación de los ríos, de la restauración a la oligarquía,
todavía vacuna, es cierto, pero ya permeada por la iniciativa industrial de
algunos escasos extranjeros. El gobierno de los hermanos Taboada, una trinidad
que desdoblaba el unicato ibarriano en un político (Manuel), un militar (Antonino)
y un comerciante banquero (Gaspar), actúa en la historia santiagueña como
una bisagra entre la administración antigua y el primer intento de la organización
‘moderna’ del estado.
Coincidiendo
con la generación del 80, será Absalón Rojas quien abra la puerta de este
nuevo tiempo. Es algo más que un símbolo que Rojas no venga de la selva o
la estancia sino de la finca agrícola. Ya hay acequias y pronto habrá ferrocarril,
y los quebrachos comenzarán a ser mirados, no con cariño, pero sí con lascivia
económica que afila las hachas del interés e inaugura otras perversiones.
También llegarán, como a todo rincón de la Argentina de los brazos abiertos,
los extranjeros inmigrantes: españoles, italianos, sirios y libaneses en su
mayoría, más algunas otras minorías: franceses, daneses, polacos, rusos. Nace
la agricultura comercial y el obraje forestal, el gremio de inspiración socialista,
los bancos, los teatros, los clubes (del Progreso, de Ajedrez), los cafés,
la urbanidad. Ha llegado el capitalismo en su fase agraria, industrial, depredadora,
y también la arquitectura monumental. La caña de azúcar y el ingenio tienen
un efímero reinado, pero al cabo triunfan la alfalfa y el algodón. Y el quebracho,
siempre el quebracho.
Así
comenzó el siglo XX.
(continuará)
[1]
Una curiosidad léxica argentina es que dicho
proceso fue bautizado como federal, para salvar el orgullo provinciano y
al mismo tiempo disimular –sin éxito- el poder real de Buenos Aires.
[2]
No nos olvidemos de la aloja de algarroba
y el aguardiente de maíz, y la práctica criolla de sobornar a la indiada
con bebida.